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Una
acción profética que ve luz en la Revolución Bolivariana
* Adrián Padilla Fernández Se iniciaba la década de los setenta cuando algunos barrios del suroeste caraqueño, particularmente de La Vega y Antímano, fueron sacudidos por la presencia de un cura belga que con su acción social, con su compromiso con los pobres, con la praxis de la fe, marcó las luchas populares de entonces y a una generación de luchadoras y luchadores revolucionarios. Esos jóvenes junto a Francisco Wuytack realizaron trabajo organizativo e impulsaron protestas por la mejora de los servicios públicos para las comunidades. Esas luchas reivindicativas motivaron la primera expulsión del sacerdote en 1970, en el gobierno de Rafael Caldera. Cuando en 1973 regresa clandestinamente, gracias al apoyo del PRV-FALN —organización política que levantaba las banderas de la lucha armada—, muchos de estos compañeros y compañeras comenzaron a dar sus primeros pasos en las lides de la “subversión”, al traspasar la línea fronteriza de lo legal-ilegal, al articular y convivir con un perseguido político de la democracia representativa. Ese corto, pero intenso, capítulo se trunca el 21 de junio de 1974 —ese día, por primera vez, se conmemoraba en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela el Día Nacional de los Mártires por la Revolución—, con la detención de “Miguel” (seudónimo de Francisco), por parte de los cuerpos represivos del gobierno de Carlos Andrés Pérez, que lo expulsa por segunda vez. El Padre Wuytack tuvo la oportumnidad de compartir su trabajo artístico con el pueblo venezolano en la exposición “Romper Fronteras”, que fue abierta al público en el Museo Jacobo Borges, en el Parque del Oeste, enre los días 10 al 29 de agosto del año 2006. Por nuestra parte tuvimos la oportunidad de reencontrarnos —después de más de tres décadas— con este artista que es un personaje de nuestra historia contemporánea. —En este contexto de cambios, de transición, de transformación que vivimos en nuestro país, el cual seguramente estás acompañando a través de tus afectos, nos gustaría que nos comentaras un poco cómo ves a Venezuela. —La primera cosa que es importante es que hay una revolución. Ello es así por el pueblo, no por los ricos o por el capitalismo. Otro elemento muy importante es la conciencia, la conciencia del pueblo. Un pueblo conciente es valiente. Lo comparo un poco con un carro, el carro de la revolución. Magnífico, logístico, fantástico, pero sin gasolina no andamos. Sin la conciencia no andamos. Por eso, pienso que el acento que le dan, por el momento en las diferentes misiones, a la conciencia, al crecimiento, al fortalecimiento de la gente, eso es superimportante. Porque ninguna revolución puede marchar sin esa gasolina y ustedes en Venezuela tienen mucha gasolina, gasolina por todo el mundo, para hacer la revolución en todo el mundo. Francisco Wuytack, a sus 72 años, continúa siendo un apasionado y con vehemencia compara este momento con el de su llegada hace 40 años. “Entonces, aquí me he encontrado con ese lavado de cerebro por parte del capitalismo. Cuando llegué aquí había miedo a las autoridades, a la policía, porque la represión era dura. Esta es una gran diferencia, hoy hay un crecimiento de dignidad, de dignidad humana. La fuerza de un pueblo no existe solamente en la fuerza de sus fusiles, no existe solamente en sus aviones de guerra, pero sí existe en su conciencia, en su dignidad, en su solidaridad. Eso nos trae a un mundo mejor. Lo otro es diversión mortal como lo vemos hoy en el sur del Líbano, que son soldados judíos que están matando también hijos de una madre, pero no son concientizados en una buena experiencia, están luchando al lado de un imperialismo norteamericano con razones que a ellos les parece prioritarias”. —Tomando en cuenta la lucha de los años setenta y la situación actual ¿pudiéramos hablar de una acción profética?, porque a pesar de la represión, hubo gente que sí creyó aún cuando las condiciones les eran adversas y quiso un proyecto por el cual trabajó. Tú fuiste parte de eso, nos atrevemos a decir que fuiste inspirador en algunos espacios, por ser un actor importante de ese proceso ¿Puedes contarnos cómo lo viviste? —Por cierto, en la exposición tengo una gran pantalla que se llama “La profecía de los pobres”. Hay dos elementos de los barrios caraqueños a los que les he dado prioridad, cuando llegué aquí en 66, porque me han atraído, me han dado inspiración, me han dado esperanza, me han dado fe en este pueblo. Ellos son la juventud venezolana y las mujeres. Hay madres que ha luchado inmensamente, hoy se habla mucho de la inseguridad y creo que eso no se combate con miles de policías más, pero sí con la acción de las madres. La madre es la creación de la conciencia del niño y es el núcleo de la vida y allá comenzamos, también por la escuela, también por las organizaciones, también por la política y también por el arte. La juventud que encontré en los barrios caraqueños tenía una gran energía, de esa juventud tengo que dar testimonio que tiene mucha fe y mucho dinamismo. Por eso, este país tiene mucho futuro si no se deja boicotear por el fatalismo de McDonals, Coca cola, ni por la corrupción. Como me dijo Tito una vez, “La revolución será moral o no será”, debemos tener una moralidad, una honestidad, no dejarnos manipular por nada. —Con tu paso por Venezuela, por La Vega, por Carapita, nosotros tuvimos la posibilidad de vivir la Teología de la Liberación, mucho antes de leer a Gustavo Gutiérrez o Helder Cámara. Desde tú perspectiva, ¿cómo puedes comentarnos sobre ese momento de la praxis de la fe? —Recuerdo las celebraciones que realizábamos y pienso que Cristo ha repartido el pan y ha dicho “este es mi cuerpo, repártanlo”. No ese dogmatismo de que usted es bueno porque usted viene a la iglesia, sino repartir lo que se tiene. En ese acto de repartir yo sentí que con esos jóvenes y con la gente que estaban en estas celebraciones, era lo mismo que con Jesús. He visto como han andado esos jóvenes y esa gente, como han repartido su pan, su tiempo, a los demás: eso es revolución. Eso es hacer revolución, eso es hacer conciencia. Entonces, pienso que uno puede ser comunista, puede ser socialista, puede ser ateo, pero el repartir su pan, eso es lo importante. El tema de nosotros, muchas veces, cuando teníamos exposiciones era “el cristo de mi tierra es tierra, tierra, tierra”, es realidad, no es un poco soñador para contentarnos, para no repartir cuando tenemos 5 quintas y quedarnos en nuestra esquina y decir: ¡Jesucristo!. Pero sí un humanismo, un existencialismo, que se encuentra, creo yo, en todas las grandes revoluciones, sean marxistas o de otro signo. —Después de tu expulsión de Venezuela, en 1970, ¿qué rumbos toma la vida de Francisco Wuytack? ¿Cómo regresa a nuestro país? —Cuando me echaron en setenta llegó a Bélgica y busco trabajo como estibador en el puerto de Amberes. Allí trabajo tres años hasta 1973. Allá había mucha opresión patronal, peligro, muertos, heridos. En Amberes trabajaban más de 10 mil estibadores. Entonces, organizamos, juntos cristianos, comunistas, diversos trabajadores, una huelga salvaje que fue una de las más largas de la historia. Durante esta huelga fui excluido del trabajo, no podía hablar con los obreros, pero afortunadamente, en ese momento me vine a Venezuela con la guerrilla. Yo nunca los he visto a ustedes fuera de mi vista, yo siempre sentí –porque yo nunca escribo- la calidad que tenían ustedes para continuar. Todo
en mis ojos es arte Una vida, un libro abierto —¿Cómo surge la idea de escribir el libro sobre Wuytack? Por lo significativo de tu paso por estas tierras y por esta historia, estamos hablando de un registro de una memoria colectiva de un periodo importante de nuestra contemporaneidad. ¿Cómo ha sido ese reencuentro con los recuerdos? —La idea de hacer este libro fue de Luís Angulo, ya en el año 2000. Era un trabajo un poco duro para él, porque se trataba de ser realista y dar una idea realista que sale del pueblo, que no es un simple testimonio mío, sino que son diferentes voces que cuentan la historia. Para mí era también bueno recordar algunas cosas, profundizar, para verlo en la realidad de hoy, en el mundo de hoy. Por ejemplo, cuando estaba en Irak, esto se repite de nuevo, y también la manera cómo tratemos de activar que tal vez es una manera no eficiente, por el momento, pienso que en este tiempo logramos que este lavado de cerebro, esta colonización de la mente, pasa porque vivimos todavía una historia criminal en todo el mundo, porque este imperialismo que habla de terrorismo ejerce la violencia del Estado, la violencia económica, la pobreza que vemos en todas partes, esos son los problemas fundamentales que debemos atacar, debemos dialogar entre nosotros para tener las armas para ganar. En la actualidad,
Francisco Wuytack, ex-cura, artista plástico, revolucionario, vive
en Bélgica con su esposa y sus 4 hijos. Al preguntarle como su
dinámica de vida, nos responde: |
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